Los Cuerpos del Síntoma

El traductor

Santiago Candia 1

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Desde la antigüedad existen debates que procuran ubicar lo más propio del ser humano, todos ellos se entablan en una polifonía de diálogos, absolutamente pertinentes e ineludibles, entre discursos que podrían pensarse como extranjeros entre sí. Si se toma al azar uno de los diálogos socráticos, salta a la vista este encuentro de disciplinas que discuten cuestiones trascendentes y centrales para el hombre. Pero no escribo para hablar de semiótica, sino porque el psicoanálisis no permanece ajeno a un hecho cultural de esta envergadura; por lo que Freud necesita de interlocutores para poder hacer advenir, lo que en su viaje al extranjero, llama “la peste”. Freud, embarcado, doblemente extranjero de país y lengua, se instala en la cultura occidental con un decir hasta el momento nunca pronunciado. Extranjero como cualquier hombre, nómade que se instala e instala un discurso, un decir desconocido.

El decir de Freud sobre la existencia del inconsciente despoja al hombre de su última certeza, el yo -amo de su propia casa- sufre una inversión sin retorno. El sujeto no solo ha dejado de ser amo de lo que creía era su único dominio, sino que alberga un huésped que con su mera presencia inquieta y angustia. El sujeto pretende acallar a este huésped con la velocidad del error y procura reintroducirlo bajo la endeble fantasía de ser dueño de su propio discurso. Sin embargo, aquel intruso mal recibido no silenciará su decir, como no lo hace Antígona obligada por Creonte y se hará oír a través de los sueños, chistes, lapsus mientras que el síntoma será el extranjero perseverante en su decir que procura su participación en la comunidad deseante del sujeto.

El síntoma, voz del deseo excomulgado por el sujeto que busca su interlocutor privilegiado para alcanzar un decir. Quien posea una particular manera de escuchar, podrá habilitar su desciframiento. Es así como el sueño halló a Freud como su primer interlocutor capaz de alojarlo en el espacio analítico, reconociendo que allí no solo existía un lenguaje sino que este se hallaba encriptado. Ante lo que se embarcó en su traducción, no solo para captar su mensaje sino para hacerlo pasar a otra instancia. Entendiendo que la raíz de traducción proviene del  latín traductĭo, -ōnis, hacer pasar de un lugar a otro. Se trata entonces de hacer pasar lo que se presenta como un jeroglífico a una escritura, que pueda captar un atisbo de ese deseo eterno e indestructible.

Una traducción que no se ve tentada a caer en la trampa, aquella que se tiende sobre la idea casi absurda de que una palabra puede sustituir a otra palabra, produciendo una suerte de diccionario del simbolismo onírico en el que reina la equivalencia. La traducción freudiana no es sin el pedido de las asociaciones del soñante, que encuentra su límite en el agujero, en el ombligo onírico. ¿Intraducible? No acuerdo con la intraducibilidad sino que el traductor “no sustituye una palabra por alguna equivalente, escribe otra, y sabe que cuando abre la puerta detrás de ella entra el viento trayendo resonancias inadvertidas” (JINKIS, 2013, 70). Abriendo un campo de libertad sofocado por la tosca pretensión de la literalidad.

El síntoma es propiamente lo extranjero para el sujeto, lo que viene de afuera con su lengua incomprensible, que Freud caracteriza con la extraterritorialidad. Se aloja en el sujeto en el lugar tan propio del ser hablante, se instala en la división subjetiva. Gabriel Lombardi lo dice de manera acertada: “El síntoma es ese punto de opacidad y división que constituye y da presencia a un ser irrepresentable para sí y también para el Otro. El síntoma es la división instalada en el ser hablante, división que le hace sujeto” (LOMBARDI, 2009, 22). Es así como el síntoma se ha hospedado en el sujeto de forma tal que solo adquiere su carácter de extrañeza en el umbral de entrada, donde el extranjero hablará una lengua irreconocible para quien lo aloja en su cuerpo pulsional. Aquello otro, que dice en un lenguaje cifrado que el sujeto alcanza a vivenciarlo con cierto matiz ominoso. El mismo que alguien puede llegar a experimentar al hospedarse en una ciudad, donde la lengua materna que allí se habla le resulta profundamente ajena. Momento en el que la presencia de un traductor, resulta indispensable frente a ese enjambre de palabras extranjera frente a lo que uno desfallece en la incomprensibilidad.

¿Quién ha de ser el traductor de este ser que dice con su lengua extranjera, ajena, único capaz de decir acerca de un silencio estructural del ser hablante? El analista-intérprete-traductor pareciera ser ese otro privilegiado para dialogar con el forastero, que se dirige en su lenguaje enmarañado y cifrado.

Nos encontramos entonces con el analista-traductor, capaz de albergar con su escucha al sujeto que hospeda un síntoma en el que se cifra un mensaje, un sujeto que golpea las puertas del analista porque desconoce la causa de ese síntoma que solo atisba a esbozarse en forma de pregunta, aunque ésta no se enuncie como tal, en el umbral de entrada de un análisis. Cuando esa pregunta alcanza a formularse despierta una incertidumbre que se mantiene abierta en la diacronía del análisis, sostenida por un deseo más fuerte que la tentación de una traducción directa. Un deseo novedoso, que entierra sus raíces en cierta extranjeridad, capaz de seguir las huellas de un lenguaje escrito en jeroglíficos. Es el que permitirá ver las pisadas que el síntoma ha ido dejando en la arena de su historia, que -como en el historial del  Hombre de las Ratas- se remontan hasta los velos de la infancia. Marcas que se dejarán ver cada vez que las puertas del inconsciente se abran y cierren, y el analista se encuentre presto a interpretarlas.

Hasta el momento he eludido una cuestión que requiere detenerse un instante por obvia que pueda resultar. Entre el traductor y el intérprete existen diferencias, desde Freud se ha puesto el acento en el carácter interpretativo del psicoanalista. No quisiera radicalizar esas disimilitudes, sino tomar los puntos centrales que hacen a ambos campos. El traductor es quien aboca su práctica a trabajar con el texto escrito, sin distinguir las especificidades del mismo, aunque la traducción literaria merecería un capitulo aparte. Mientras que el intérprete se orienta al habla, al texto pronunciado. Sin embargo, en ciertas oportunidades, no puede trazarse un límite preciso entre las palabras dichas y la escritura, entre la escritura y lo dicho. Se trata –entonces- de una frontera que se difumina, más aún cuando el traductor requiere de la libertad con la que cuenta el intérprete; o cuando este último hace uso de la cercanía que posee el traductor con el autor y su escritura. Es así que parecen rozarse en las consonancias frente a un decir que se expresa en una lengua extranjera, requiriéndose mutuamente ante lo que se presenta como irrepresentable.  

El traductor-interprete-analista no accede a través de una mera pasividad al encuentro con el mensaje cifrado, en la lengua con la que el hablante se le dirige; hay irremediablemente una actividad de su lado, su acto que no se circunscribe a un mero encuentro con el dicho-escrito. El analista es bastante activo, o así nos recuerda Freud, quien dividiendo las aguas toma distancias respecto de las conceptualizaciones de las “técnicas activas” propuestas por Sándor Ferenczi. Por otra parte, un teólogo alemán, Friedrich Schleiermacher, sostiene que el traductor es un sujeto activo en el acercamiento al escrito, y cuanto mejor logre en su actividad, acomodarse al mismo podrá alcanzar una traducción que denomina elevada. Más de dos siglos después, y en un discurso diverso como es el analítico, no podemos hablar de lo elevado del acto del analista-intérprete; sin embargo es indudable que acomoda su escucha a los significantes que comandan el discurso. Produce una proximidad con el texto, que podrá ir desenmarañando la madeja que -en primera instancia- se presenta opaca, ajena y cifrada para el padeciente.

En el espacio analítico, el analista sale al encuentro de un extranjero que dice de forma tal que el sujeto que habla, el analizante, desconoce lo que se articula en su decir. Eso que habla, aquel extraño que desde hace un tiempo ha desembarcado para habitar al sujeto, del que ha sacado su beneficio, se dirige con su lenguaje inconsciente hacia la presencia del oyente-intérprete, al lector-traductor privilegiado. En el seminario sobre las psicosis, refiriéndose al delirio Lacan enuncia con precisión que

 

“el inconsciente es un lenguaje. Que esté articulado, no implica empero que esté reconocido. La prueba es que todo sucede como si Freud tradujese una lengua extranjera, y hasta la reconstituyera mediante entrecruzamientos. El sujeto está sencillamente, respecto de su lenguaje, en la misma relación que Freud” (LACAN, 1955-1956, 23).

 

Indudablemente la posición que traduce Freud frente al delirio (recordemos que no solo los sujetos psicóticos deliran) se orienta a la posición del analista con el extranjero que habla un lenguaje inconsciente. Véase sino las veces que Freud le solicita al hombre de las ratas que vuelva a relatarle su juramento obsesivo, incomprensible y oscuro. El analista traductor resulta una presencia ineludible, para que el sujeto reconozca el sentido de lo que se articula más allá de sus propias intenciones de decir. Aunque ese sentido siga abriendo una pregunta, “un mensaje descifrado puede seguir siendo un enigma” (LACAN, 1973, 579). Una y otra vez amerita que hable del peregrinaje de su historia hasta el punto de detención final.

Es que el analista-traductor, quizás único parteneire posible, oyente privilegiado para aquel extranjero parlante, que desde hace tiempo a encontrado alojamiento en el sujeto, pero que se ha vuelto intolerable y del cual quiere desembarazarse. Esto me recuerda a una breve experiencia; hace un tiempo atrás tuve la oportunidad de hospedar a un familiar que vive en el extranjero. Alguien no demasiado cercano. Lo que en principio solo iba a extenderse por unos pocos días, acabó por convertirse en un huésped intimidante que comenzaba a perturbar la cotidianidad, pero que debía hospedar hasta que su estadía en el país concluyera, paradoja de ofrecerse como anfitrión.

Se trata, entonces, de un huésped particular que puede instalarse como los pensamientos rumiantes de los que padecen algunos obsesivos. O quizás del cuerpo sufriente, que ya no responde, frente al cual el sujeto histérico ha soportado largo tiempo con bella indiferencia hasta que ese extraño huésped, comienza a entrometerse haciendo oír su lenguaje inconsciente. Así lo hace el síntoma del que sufre Elizabeth Von R., aquel que no le permite dar un paso más en la vida, que no se ahorra ni se ahorra de pronunciarse ante el analista-traductor. “Las piernas dolorosas empezaron a mitsprechen (¿”dialogar” sería una traducción acertada?) siempre en el análisis” (FREUD, 1893-1895, 163), extranjero que dice cifrado, que la presencia inclaudicable de Freud como analista-traductor habilitará a leer el mensaje allí articulado.

En el número anterior de la revista Nadie Duerma, dedicada a los mártires del inconciente, aparecieron dos artículos contundentes e imperdibles, uno de ellos escrito por Matías Buttini y otro por Leonardo Leibson. Ambos autores se adentran a abordar la cuestión de la hospitalidad del analista, ante aquellos sujetos que golpean las puertas de los consultorios; sujetos psicóticos, que pretenden encontrar tras la apertura, un recinto en el que puedan alojar el testimonio de su desgarramiento. Aunque eso que habla resulte incomprensible, extranjero, “el analista… se sostiene como secretario, como receptor de un testimonio que se presenta como extraño para el que escucha… ¡y para el que habla!”. (BUTTINI, 2014). Para quien la voz del extranjero invasor, asediante, puede ser tan ajena como la de quien que habla desde el más allá. O la vociferación de un ser extraterrestre, con la que quizás el analista-traductor tenga el privilegio de dialogar. Así el sujeto atormentado por una voz, puede encontrar en el análisis un lugar en el que podrá hospedarse el extranjero que lo habita.

El mensaje que se halla encriptado, cifrado, en este huésped tan particular como es el síntoma, con su lenguaje inconsciente, con el que Lacan ha machacado a lo largo de su enseñanza, el inconsciente está estructurado como un lenguaje, alcanza a expresarse  a través de sus formaciones. Pero el analista-traductor no lleva adelante un trabajo de traducir por la literalidad, sino que profiere un movimiento conjunto con el sujeto. Un quehacer que produce efectos más allá de lo calculado, que desborda su propio acto en tanto no existe una identidad entre los significantes, es que el decir del analista producirá resonancias, abrirá nuevas puertas. Como el sentido se halla presto a escabullirse, aquel extranjero, que se presenta en ciertos momentos, se abre a un diálogo que no deja de ser un enigma para el sujeto que lo padece. Enigma que se mantendrá como tal hasta el tiempo de concluir.

Una paciente consulta con un analista traída por lo que llama “problema de imagen”, significante que se presenta expatriado del campo dialéctico produciendo efecto sobre su cuerpo. El diálogo propuesto resulta infructífero, hasta que el analista dice que tal vez pueda hacer algo con la imagen. Durante las entrevistas siguientes, un nuevo lenguaje la inquieta, un lenguaje cifrado, los sueños, que solicita -por no decir que intima- al analista una traducción, bajo la pregunta implacable: ¿Qué significa? ¿Qué quiere decir? El padecer que empujó a este sujeto a un análisis, encuentra de pronto a un analista-traductor, traductor de lo que resulta enigmático, extranjero. El lenguaje onírico. El oyente a quien ella se dirige y exige una traducción tranquilizadora, dado que para ella no existe un diccionario capaz de satisfacer la intranquilidad que a despertado este nuevo decir. Es el oyente alojado en la transferencia como analista-traductor, con quien la analizante emprenderá una traducción conjunta de aquella Piedra de Rosetta. Una traducción que no apunta a la búsqueda de un sentido acabado, sino que a un rodeo necesario que la habilite a que las imágenes oníricas, puedan alcanzar una escritura posible. El padecer mudo con el que llega, comienza a encontrar un lenguaje, que no puede traducirse por la vía de lo literal como tampoco de la interpretación. Pero que -en el hecho mismo de pronunciar y de establecer un dialogo- va dejando las marcas que trazan el rastro de su historia. Hecho que descubrió Freud en los albores del siglo XX, al percatarse que los sueños y los síntomas hablan encriptados. Tomando la posta, hasta el momento abandonada, prestando escucha a ese lenguaje desconocido por el sujeto al que ofrecerá la palestra del desciframiento para que advenga la singular historia y las causas para que abriera las puertas de su morada al extranjero.

Es probable que la idea del traductor no haya sido bienvenida por los psicoanalistas, no es responsabilidad de ellos sino de algunos desastres que se han hecho en su nombre. Recuerdo cuando aún era estudiante de la Facultad, Lucas Boxaca (quien en ese momento era co-ayudante) compartió, de manera provocadora, un libro irrisorio, no recuerdo su titulo, que aspiraba a ser un diccionario psicoanalítico para una traducción literal de los sueños. Pues bien, la pretensión de lo escrito no se orientar hacia una traducción de los síntomas, como la traducción que Aristrando realizó del sueño de Alejandro Magno la noche anterior a tomar la ciudad de Tiros. Tampoco que el maniobrar analítico se desvíe hacia las explicaciones infladas de sentido, acerca de los motivos por los que ese inquietante extranjero se ha instalado en los recintos corporales del sujeto.

Este escrito entonces se orientó, por las huellas dejadas por el extranjero sintomático, al que procuré perseguir intentando pesquisar a quien dirigía su decir. Es así que en este camino -en el que perseguí las pisadas del síntoma- he encontrado al analista-traductor como su partener, único capaz de entablar un diálogo con quien habita al sujeto desde un tiempo inexacto.

 

Santiago Candia
santiagoecandia@gmail.com

 

 

Bibliografía

-Buttini, M.  (2014) “Lo extranjero”. Revista Nadie Duerma.  nº 3.

-Freud, S. (1893-1895). “Estudios sobre la histeria”. En Obras Completas. Vol. II. Buenos Aires: Amorrortu, 1990.

-Jinkis, J. (2013). No sólo es amor, madre. Buenos Aires: Edhasa, 2013.

-Lacan, J. (1955- 1956). El Seminario 3. Las Psicosis. Buenos Aires: Paidós, 2006.

-Lacan, J. (1973). Introducción a la edición alemana de un primer volumen de los escritos. Otros escritos. Buenos Aires: Paidós, 2014.

-Leibson, L. (2014). Oír el delirio. Hospitalidad entre-lenguas. Revista Nadie Duerma.  nº 3.

-Lombardi, G. (2009). “Singular, particular, singular. La función del tipo clínico en psicoanálisis”. Singular, particular, singular. Buenos Aires: JVE ediciones, 2009.

-Schleiemacher, F. (2000). Sobre los diferentes métodos de traducir. Madrid: Gredos, 2000.

 

[1] Santiago Candia es psicoanalista, licenciado en psicología, docente universitario, miembro del Foro Analítico del Río de la Plata. Coordinador del hostal “casa puente” perteneciente a la Institución Psicoterapéutica Tempora.  

 

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