Los Cuerpos del Síntoma

De un síntoma que hace cuerpo a un cuerpo para el síntoma

Valeria Mercuri 1

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Cuando se piensa en un cuerpo lo que primero se representa es su imagen, y es -justamente- en la imagen donde el yo se reconoce. Sin embargo es esta primera constitución precaria, siendo el  cuerpo el reservorio de otros elementos excedentes a la imagen. Es en los intentos del sujeto de domeñarlo donde -por un lado- registra al cuerpo como unidad propia, representación imaginaria, y -por el otro- halla allí lo que lo excede. Al decir de Lacan, un cuerpo es algo que está hecho para gozar de sí mismo, y es dicha dimensión lo que queda excluido de un registro purificado del cuerpo imaginario.  En los registros que Lacan se esforzó por mostrar con la topología podemos pensar cómo el cuerpo entra en juego en cada uno de ellos, siendo -además de lo imaginario- lo simbólico como inscripción y lo real como lo que opera a modo de goce, lo que también en el cuerpo se sitúa.

La imagen del cuerpo queda despedazada en el punto donde el sujeto no alcanza a registrarse conforme a esa imagen en que supo reconocer una integridad, tal vez hasta propia. Recordemos que la función de imago que se revela por el estadio del espejo “establece una relación del organismo con su realidad”, pero que dicha relación está alterada por la “discordancia primordial”, sostiene Lacan, en base a la prematuración específica del nacimiento del hombre (LACAN, 1949, 102). Hallamos que el cuerpo es también signo, significante, síntoma, goce, incluso sitio de escritura, como lo en los fenómenos psicosomáticos donde el cuerpo “se deja llevar a escribir algo del orden del número” dice Lacan, hallando “una especie de fijación” que conlleva a “la revelación del goce específico que se hallara allí” (LACAN, 1975, 130).

El cuerpo también se sostiene entonces como lugar de goce, un lugar exterior en cuanto al dominio de esa imagen pero interior en tanto eso surge en él. En el cuerpo se recortan los objetos dejando un lugar vacante para el goce. Esos recortes, esos agujeros del cuerpo, serán la manifestación de lo que no se completa ni se complementará ya en él. Son los objetos que ex-sisten al cuerpo, dice Lacan, esos objetos a, por los cuáles se ha gozado de un cuerpo que aún no era tal. Objetos que dejan su marca a condición de separar ese goce del cuerpo, permitiendo lo que más tarde se significará como goce fálico. Así podemos pensar que en la constitución del cuerpo como propio, en la aprehensión de esa imagen ya se establece la posibilidad del goce fálico a condición de haber tomado a ese cuerpo en la economía de goce, es decir atravesado por el falo. Por eso Lacan sostiene que el goce fálico es fuera-de-cuerpo, “se vuelve anómalo al goce del cuerpo” (LACAN, 1974, 106). El goce fálico está ya implicado en la catarata del universo simbólico, es el niño que no solo ya fue reconocido por el Otro en ese júbilo que su asentimiento le dio frente al espejo, sino también que ese Otro le faltó por retirarle su mirada, sus cuidados, y así fundó el deseo. Deseo del Otro, marcado por la ley paterna que estableció la prohibición. Así el goce del cuerpo se establece como imposible, porque queda míticamente perdido en ese pasaje por el Otro, por el baño lenguaje, por ese universo simbólico que dejó su marca ya en la constitución misma del sujeto. De ahí en más el acceso al goce no podrá ser sino mediatizado y es por medio del síntoma que se dará un lugar.

Así el síntoma como punto de paradero del goce, y entendiendo como síntoma lo que viene de lo real, lo que no cesa de escribirse en lo real, constituye el sitio óptimo para dar lugar -no solo al desciframiento infinito del sentido que lo llevará a desplazarse y a subsistir- sino también el sitio donde ubicar el goce fálico, localizado y “partenaire del sujeto en tanto tal” (SOLER, 2006, 54).

Para pensar el síntoma en estos lineamientos tomaré una referencia clínica donde se intentará destacar los cuerpos que el síntoma toma en el sujeto. Se trata de una niña de 8 años, Clara, cuya demanda parte de su madre en función de señalar su preocupación por el “sobrepeso de C”, agregando además que han descubierto que es Celíaca, siendo esta una condición que “redobla la dieta necesaria” que para su madre ella debe llevar a cabo. Las primeras entrevistas con C se sucedieron en función de ese discurso materno, con la consecuente preocupacion con respecto a sostener las dietas y refiriendo a su cuerpo como el de una “nena gorda”. También C comienza a desplegar ciertas preocupaciones con respecto a peleas familiares donde entran en juego sus abuelos, tanto maternos como paternos, con los cuáles sus padres toman distancia alternativamente con unos o con otros. Esto le genera a C la pregunta por si ella también debería ser parte de semejantes peleas, manifestando además sus propias ganas de sostener el vínculo con sus abuelos, no sin preguntarse cómo le afectaría a su madre esta decisión. A lo largo de algunos meses de entrevistas, C comienza a referir sus molestias por acudir a nutricionistas y médicos que “la miden y la pesan” cada vez, y dice: “muchas veces hablan de mis rollitos…”. Sin embargo aparece un “sacrificarse mucho” por cumplir con las dietas agregando: “mi mamá dice que es por mi bien… que a nadie le gusta que le digan gorda”. Luego de un tiempo C acude diciendo que ha llegado al peso que “debía” según las normas médicas y maternas, trasmite esto con mucha alegría en una sesión y agrega: “sin embargo… falta”. Preguntando por eso que “falta”, C dirá: “mi mamá dice que me falta bajar, hacer gimnasia…”, ¿y vos? pregunto, dice: “yo creo que me siento bien… ¿está mal?”. En otra sesión dirá muy angustiada: “a mi mamá siempre le falta algo… vive depresiva, llorando, no se le puede plantear nada porque eso ya la pone mal, no sé cómo hacer con ella”. Agrega que al parecer no está a su alcance “ponerla bien a la madre”. Se despliega en las siguientes sesiones lo que C podrá decir que le gusta de su propio cuerpo en conjunción con sus interrogantes acerca de la sexualidad. A partir de allí C comienza un discurso lleno de preguntas e investigaciones que puede hacer sobre el sexo, refiere mirar en Internet “a escondidas de sus padres” videos eróticos y manifiesta un gran interés por “espiar” a sus padres por las noches. Sobre esto refiere a ciertos indicios donde podría dar cuenta que sus padres “lo hicieron”. Pregunto por su interés en ello y dice: “me interesa ver si lo hicieron porque no quisiera tener otra hermanita”. Luego de esta larga etapa de búsqueda sobre la sexualidad, C suspende el hecho de traer sus muñecas a sesión, con las que acudía siempre y proponía juegos sobre las vestimentas y la alimentación de las mismas. Comienza a preguntarse por la posición de su madre “siempre depresiva” y a denunciar su enojo con ella “porque ante los demás se muestra como si estuviera todo bien… después en casa nada de eso es así”. Llega a una sesión con una foto que trae “a escondidas de la madre” y que quiere mostrarme, la foto muestra a su madre semidesnuda en la cama cubierta por una bandera de Ford, dice: “seguro que esa noche hicieron a mi hermanita… la bandera de Ford simboliza a mi papá que ¡es fanático!”. Luego de varios meses C manifiesta que ya no va a espiar a sus padres, “ahí no pasa nada… además no me interesa lo que hagan, para eso lo veo en Internet”. Decide manifestarle a la madre que se siente “bien con su cuerpo” y que ya no quiere someterse a los ejercicios que esta le promovía, muchas veces después de las comidas.

Este recorrido atravesó también la etapa donde C comienza a develar que “haga lo que haga” con su madre, “ella va a seguir siendo así…” a partir de las intervenciones que apuntaban a separar la relación de su madre con sus familiares y la que ella misma podría sostener más allá de eso. C dice que “hacía muchos esfuerzos por hacerla feliz”, sus referencias eran: “yo hago todo lo posible para que ella esté bien”, “más no puedo esforzarme por estar flaca como ella quiere”, “hablo con mi abuela y no se lo digo para que ella no se ponga mal… porque sino se siente desplazada”. Sin embargo se va develando que el malestar de la madre a ella la excede.

Los llamados a la presencia paterna siempre estaban atravesados por las preocupaciones constantes del padre con respecto al dinero y al trabajo, motivo por el cuál “al padre no se lo podía molestar porque estaba con eso en la cabeza”. Continuando el tratamiento con C comienza a aparecer su agrado por algunos niños, punto donde comienza a cesar su “espiar el sexo” por internet, y se desplaza a utilizar su cuerpo como punto de seducción. Una sesión relata, “no sé qué me pasa… me hago la linda cuando está el chico que me gusta, camino y muevo la cintura, me dejo el pelo suelto… ¿está mal?”, pregunta y rápidamente agrega: “ya sé… acá no hay ni mal ni bien, es lo que me pasa… ¿sabes que me siento mucho mejor cuando hago eso?, antes me encerraba en el baño a llorar pensando en cómo ayudar a mi mamá”. Con respecto a su cuerpo se establece cierto pasaje: de cómo hablan de sus rollitos a apropiarse del mismo en el punto de búsqueda de “gustarle” a otro. Incluso dirá: “mi mamá a veces me dice que algo me queda mal porque tengo mucha panza… yo no lo veo así”, y continúa refiriendo a la ropa que elige usar ante las situaciones donde se mostrará ante “el chico que le gusta”.

Es interesante destacar en dicho material el desplazamiento del síntoma, alojado en principio en el cuerpo, como un cuerpo que le daba estatuto a “ser la nena gorda” de la madre. Ese lugar donde el niño se sostiene como objeto del deseo materno. Incluso la declarada Celiaquía, hallada “de casualidad” al decir de la madre por los estudios exhaustivos debido a su peso, también se presta allí como una buena oportunidad para reforzar las ocupaciones del Otro hacia ese cuerpo, pues eso decantaba en la cuidadosa y detallada alimentación que C debía seguir y de la que -por supuesto- su madre se ocupaba. El sujeto se instala bajo esta forma de hacerse objeto de la falta de la madre, “dándole cuerpo” dice Lacan, ofreciéndose allí como un cuerpo que hace síntoma. Podemos pensar cómo la niña consistía ese lugar sintomático para la madre, a condición de entregar un cuerpo que “no podía adelgazar”, motivo que sostenía lógica la insatisfacción del deseo materno. Un síntoma en principio sostenido como respuesta, como representante de la verdad del deseo materno, siguiendo las “Dos notas sobre el niño”  donde Lacan agrega que esa función “implica la relación de un deseo que no sea anónimo” (LACAN, 1969, 56).

Cuando C acude bajo la demanda de la madre, demanda que se formaliza en poder hacer “adelgazar a C” hallamos un síntoma, siguiendo a C. Soler en “Lo que Lacan dijo de las mujeres” y su referencia al niño como síntoma, donde sitúa cierto lugar de los niños como “síntoma del Otro”, dice: “prestan su cuerpo para que en él sea gozada la verdad del Otro” (SOLER, 2006, 151). En el material clínico detallado podemos ubicar cómo C ofrece su cuerpo para el Otro, una forma de “darle el cuerpo” a la madre a condición de sostener sus dichos, de hacerse consistir aun en ese lugar de objeto que si bien ya no completa al Otro, por la inversa, lo descompleta en el punto donde es la causa de sus penurias, por lo tanto objeto de su anhelo.

Luego viene el desplazamiento, C deja de traer sus muñecas a la analista con las cuáles se jugaba a vestirlas y alimentarlas, y comienza a dialectizar su propio lugar como muñeca también vestida y alimentada por el Otro. Allí surgen las preguntas de C, aun cuando “adelgazó lo suficiente” la madre le dice que “falta”, C comienza a cuestionar si finalmente ella puede hacer algo por esta insatisfacción materna. Podemos pensar allí en un pasaje de ese cuerpo que se ofrece para el Otro donde se instala en el ser-síntoma, a la constitución de un síntoma en el cuerpo que sería el suyo y que le daría “su nombre propio de goce”. Este desplazamiento conlleva a la pregunta por el ¿Que me quiere?, allí donde C se encuentra con lo que “no alcanza” para el Otro, hallando la inconsistencia del discurso materno, C dice: “si llegué al peso a ideal… ¿porque le falta?”. Es en este desprendimiento, no sin angustia, donde se inscribe el surgimiento de que entonces ese su-cuerpo no está a la altura de saciar el deseo de su madre, no será ella entonces quien podrá “hacerla feliz”.

Se constituye así un otro síntoma, un síntoma propio, donde el niño-objeto tomado en el cuerpo y simbolizado, pasa a preguntarse “¿Qué me quiere?” a partir de hallarse ante el enigma del Otro. Enigma que intentará responder por medio de su fantasma. Surge así la pregunta por la sexualidad y con ello el movimiento que empieza a constituir un lugar distinto, de la mano de su interrogación por la feminidad y la ubicación allí de un cuerpo para ello. Es en esa búsqueda que apenas comienza para C donde aparece la constitución de un cuerpo que le da lugar a su propio síntoma.

Señalamos entonces un desplazamiento que se registra desde el cuerpo que sostiene el síntoma para la madre hacia el cuerpo que se prepara para seducir a un hombre. Es allí donde con ese mismo cuerpo que no alcanzó para satisfacer a la madre, ó mejor aún que se sostenía como objeto del deseo insatisfecho materno, pasa a ubicarse un cuerpo que busca ahora “ser deseable” para un hombre. Situando que “el semblante fálico es el significante-amo de la relación con los sexos y que ordena, a nivel simbólico, la diferencia entre los hombres y las mujeres, tanto como sus relaciones” (SOLER, 2006, 41).

La posibilidad de este corrimiento se puede pensar retomando el trabajo de Colette Soler (2006) cuando refiere al lugar del deseo femenino como el que corta, separa, del deseo materno, que aquí podríamos ubicarlo en esa instancia donde nace la hermanita allí cuando C “era la única”. Pero recordemos, “el deseo propiamente femenino hace que la madre sea ausente para su hijo, pero para el niño la diferencia será grande dependiendo de que sea descifrable en el orden fálico, o al contrario, que lo sobrepase oscuramente” (Soler, 2006, 138). Es interesante cómo se puede destacar este desciframiento que C irá construyendo del deseo femenino, contando con los signos necesarios para ello  y yendo a investigar de qué se trató. Lo ubica muy bien trayendo como referencia esa foto de su madre que puede representar para C ese momento donde el deseo femenino se pone en juego, incluyendo al padre que aparece representado para ella en esa “bandera de Ford”, “nombre que pone un límite a la metonimia del falo y a la opacidad del Otro absoluto” oportuno para la inscripción de un deseo particularizado para C.

Establecida la ley del deseo, C deja de sostenerse en el lugar de síntoma-goce para el Otro, para forjarse allí un síntoma con su goce fálico singular y propio. Este nuevo estatuto fundado por el pasaje lógico constituye ahora un momento distinto en el análisis, donde del síntoma es responsable el sujeto que goza allí. 

Valeria Mercuri
licmercuri@gmail.com

 

 

Bibliografía

- Lacan, J. (1949), “El estadio del espejo como formador de la función del yo (je) tal como se nos revela en la experiencia analítica”, en Otros escritos. Buenos Aires: Paidós, 2008.

-Lacan, J. (1975), “Conferencia en Ginebra sobre el síntoma”, en Intervenciones y textos 2. Buenos Aires. Manantial, 2006

-Lacan, J. (1958), “La significación del falo”, en Escritos 2. Buenos Aires: Siglo XXI, 2002. 

-Lacan, J. (1958), “Observaciones sobre el informe de Lagache”, En Escritos 2. Buenos Aires: Siglo XXI, 2002.  

-Lacan, J. (1974), “La tercera”, en Intervenciones y textos 2.  Buenos aires. Manantial, 2006.

-Lacan, J. (1967), “Dos notas sobre el niño”, en Intervenciones y textos 2. Buenos Aires. Manantial, 2006.

-Soler, C. (2004), “Lo que Lacan dijo de las mujeres”. Buenos Aires. Paidós, 2006

 

[1] Valeria Mercuri es Psicoanalista, Miembro del Foro Analítico del Río de la Plata, Integrante de la Red Asistencial del FARP, Docente ayudante de la Cátedra de Adultos I-Facultad de Psicología-UBA

 

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