Los Cuerpos del Síntoma

El cuerpo en el juego del síntoma

Ana María Garibaldi 1

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El siguiente trabajo analiza el caso de una niña de 6 años con problemas en la escritura, en el lazo social y con pánico a quedarse sola. El propósito del mismo es demostrar cómo la intervención lúdica es un recurso clínico a la hora de hacer jugar al cuerpo en el síntoma.

Les propongo ahora, centrarnos en una viñeta que entiendo escenifica la dramática esencial de este caso:

Romina -después de unos meses de trabajo analítico- realizó en sesión (junto con su padre) un collage. La analista le había propuesto “buscar lo que le gustaba en revistas” (con la apuesta de convocar el deseo); su padre había preanunciado que serían “casitas”. Destaquemos que la niña concurre a las entrevistas con su padre porque no puede permanecer sola en sesión, incluso estando él presente, suele hacerse difícil que Romina hable. Cuando la que intenta acompañarla es su madre, la  niña –directamente- se niega a entrar al consultorio.

 Durante las sesiones generalmente, es el padre quién habla, incluso muchas veces él acusa recibo de las intervenciones analíticas que son para la niña. La analista percibe en variadas ocasiones como intrusiva la presencia física del padre en sesión. En cada encuentro, antes de entrar, le sugiere a la niña pasar sola, al padre se lo puede ver a través de sus gestos, no deseoso de que así suceda.

Algunos niños me enseñaron que era mejor incluir a los padres.

Soler -en su referencia al caso Piggle de Winnicott y al Hans de Freud, en Lo que Lacan dijo de las mujeres- destaca que en ambos casos, se han incluido a los padres en el trabajo analítico que se realizaba con el niño. Observa que son los analistas quienes requieren que participen los padres. Añade que en el apartado “Winnicott interpreta,” el autor perteneciente al Middlegroup se convierte -en un momento del tratamiento- en el Piggle negro, pues patalea y se enoja. Dice Soler:

 “Este es un rasgo singular de su práctica, la interpretación actuada, representada. El efecto de espejo es patente, sirve para hacer aparecer, para designar las pulsiones del sujeto, en este caso Piggle.” (SOLER, 2007,169).

 

         Según Evans[2], el estadio del espejo[3] para Lacan desde 1936 hasta 1949, es visto fundamentalmente como una etapa del desarrollo, posteriormente a partir de 1950, el estadio del espejo es representativo de una estructura permanente de la subjetividad. Él mismo nos aporta en su Diccionario, la siguiente cita de Lacan:

 

“…el estadio del espejo es un fenómeno al cual le asigno un valor doble. En primer lugar tiene valor histórico, pues señala un momento decisivo del desarrollo del niño. En segundo lugar, tipifica una relación libidinal esencial con la imagen del cuerpo.” (LACAN, 1951b, 206). 

 

De tal forma que el estadio del espejo no es sólo un momento del desarrollo, sino que revela algunas relaciones del sujeto con su imagen en tanto Urbild (prototipo) del Yo. Ilustra a la vez,  la naturaleza conflictiva de esta relación con la imagen propia, que en su origen es dual, en tanto es producto de las identificaciones con el otro. Inicialmente, identificación primaria, al semejante que configura el registro de lo imaginario y cuya tensión dramática se perpetúa a lo largo de toda la vida. Freud ya nos había anticipado la cuestión especular, cuando retoma el mito de Narciso de la mitología griega, para referirse a la libido yoica.

El cuerpo sale a escena

La sesión transcurre de este modo: al principio la niña mira una revista,  pero no hace nada, luego comienza a recortar “casitas” –especularmente- como hacía su padre. Romina pega las imágenes de las casitas sobre una hoja de papel, superponiéndolas. La analista  dramatiza con su cuerpo la superposición de los objetos en el espacio y la posible incomodidad. Paulatinamente Romina logra despegarse unos treinta centímetros del padre, del cual se hallaba adherida corporalmente, presentándose “como echada-hecha en él”. Y se despega para mostrar en una revista una foto  de un elefante con la boca abierta, “como devorando a un niño”. Allí Romina le dice a su analista: “Mirá”,  y se ríe al mismo tiempo que señala en el papel. Esta fue la primera vez que R. se dirigió a la profesional, quien logró captar cómo la niña percibía su interpretación lúdica, dramatizada. R.  manifiesta como “un atisbo de separación corporal”, y se sostiene en su propio eje. Al mismo tiempo  la analista puede ver cómo,  repentinamente,  el padre le hace un gesto cariñoso con un dedo detrás de la oreja a su hija, como si hiciera mucho tiempo que la extraña por su alejamiento. A pesar de los esfuerzos del padre, transcurridas algunas sesiones más, la niña empieza a hablar, a asociar partes de películas, el padre la mira desconcertado, pero, finalmente la habilita.

 Soler (en la obra citada más arriba) nos hace reflexionar acerca de la consideración lacaniana que toma al niño como la verdad de la pareja parental, expresando así una tesis implícita, esto es, que el niño es una interpretación encarnada:

 

“…eso que ni la madre ni la pareja descifran de su propio inconsciente y de su unión, su síntoma lo hace aparecer en lo real, bajo una forma gozada” (…), (los niños) “prestan su cuerpo para que en él, sea gozada la verdad del Otro; los niños tienen sus síntomas, pero también son síntomas del  Otro”, (…) “Evidentemente, a partir de allí, el problema consiste en saber cómo se articula, para cada niño y en cada etapa, su “ser-síntoma” y el síntoma que sería el suyo y que le daría su nombre propio de goce”. (SOLER, 2007,151).

 

La primera enseñanza de Lacan nos presenta la noción de estructura como un sistema de referencias recíprocas,  dándonos así, la posibilidad de comprender  el interjuego de la relación padre – madre - niño. La estructura es así una organización caracterizada por posiciones o lugares vacantes que pueden ser ocupados por diferentes personajes. No hay lugares fijos o lugares vacantes, que se definan de por sí, sino que cada uno es función del otro personaje. Entonces va a haber circulación e intercambio. Consecuentemente esto nos lleva a un desplazamiento entre rol y función en una estructura determinada. Tener el rol de padre no significa que necesariamente se cumpla con la función. En el caso de Romina se ve con claridad cómo el padre se posiciona en la estructura familiar del lado materno. Se trata de una función. Lo que circula es lo que va a determinar la posición del personaje y –en este caso- circula con claridad que la niña es el falo del padre.

Sabemos -a partir de la lectura estructuralista del Complejo de Edipo que realiza Lacan- que en el primer momento fetichista,  el niño está lejos de ser sólo el niño porque  también es el falo de la madre. Sabemos también que es un momento necesario, y que justamente la función del padre, es advenir como ley interdictora (en tanto prohíbe a la madre y al niño perpetuarse en esta posición). Lo paradójico de este caso es que este primer momento fetichista, imprescindible para la constitución de la subjetividad del niño, es llevado a cabo fundamentalmente por el padre. Razón por lo cual, este no podrá hacer de ley, ni tampoco la madre, ya que en este caso,  se adviene a la escena como cómplice del padre, “destacando la unión entre ambos”.

 En el fetichismo hay una falta de objeto en el plano imaginario, una solución es la reparación de esa falta no sólo con formas simbólicas, sino también imaginarias, escenificándolo. Esta concepción que tomamos sobre el fetichismo nos permite la ampliación del concepto. Podemos ver en el caso de Romina cómo ella se presenta como el falo del padre, obturando la castración del progenitor, por tal motivo, pareciera que la incomodidad jugada en la interpretación de la superposición de los cuerpos, le facilita a la niña la denuncia, pero con una sonrisa cómplice. Movimientos a nivel del significante que son el comienzo, pero no son suficientes cuando se trata de  un  goce que captura a un sujeto en una posición. Vemos cómo el padre real ocupa la posición de lo que en el primer tiempo se llama la madre.

ESQUEMA DEL FETICHISMO[4]

 

De la perversión fetichista.

 

 

 

El concepto de perversión normalizadora es original de Lacan, él presenta la posición perversa como identificación del sujeto con el falo imaginario. Al respecto  dice Mazzuca: La denomino perversión normalizadora porque expresa, no el desarreglo intrínseco de la sexualidad humana, sino un modo de respuesta a ese desarreglo.” (MAZZUCA, 2004, 143). Ahora bien, cabe destacar que para Lacan este primer tiempo del Edipo no acontece en las psicosis, por eso, la perversión normalizadora no es estructural, porque no es universal.

Evidentemente Romina no puede “quedarse sola”, siendo  entonces el “apéndice de otro”. El peligro denunciado  por la niña en la viñeta, es que “el temido padre/madre” pueda devorarla, alienarla, reduciéndola a ser su fetiche, por no estar resguardada por “la Ley del Padre”.

Romina se encuentra al inicio de su tratamiento, con “una fabricación precaria” para ingresar al orden simbólico teniendo en cuenta todas las operaciones que este solicita. Convengamos que “su negativismo” no es auténticamente separación, sino la evidencia de su falla. Tener en cuenta este análisis posibilita revisar el estatuto del síntoma en el análisis de niños, donde pareciera casi inevitable su significación demorada y ápres coûp. Dice Soler:

 

“los niños tienen síntomas, muy polimorfos, incluso a menudo transitorios –de ahí una dificultad de diagnóstico duplicada” (…) “prestan su cuerpo para que sea gozada la verdad del Otro.” (SOLER, 200, 151).
 

La misma autora refiere en Incidencias políticas del psicoanálisis 2, que:

 

“…cuando el Otro es inconsistente, cuando el Uno unificador se ha perdido, entonces, aparece lo que Lacan ha llamado troumatismo, (SOLER, 2011,532)  (…) capaces de producir el trauma, ese traumatismo que propuse escribir, en un juego de escritura, como trop-matismo (trop: demasiado, exceso), para decir que, en el agujero del discurso, viene el exceso, con el efecto de una herida (trauma, es herida)” (SOLER, 2011, 533).

 

Se trataría en este caso, de la herida de una niña ad-herida. Cabe señalar el afecto de  angustia que la situación  traumática desencadena y que toma la forma de un síntoma fóbico. En distintos momentos de su obra, Freud se plantea el tema de la neurosis infantil, especialmente en la Conferencia 23, Los caminos de la formación de síntoma. Él tiende a asimilar allí, a las neurosis infantiles como histerias de angustia (FREUD, 1916-1917, 331). En ellas el desplazamiento hacia el objeto fóbico es secundario a la angustia libre sin objeto. La misma lógica del caso expuesto nos muestra los límites de entender aquí al síntoma como un conflicto intersistémico, cuando en rigor lo que se está constituyendo en el niño es la demorada instancia superyoica. Para eludir este problema teórico Melanie Klein conceptualizó en su momento al Edipo temprano.

En principio, desde el enfoque que se tiene en este trabajo, se considera más productivo pensar la clínica de niños desde  el esquema freudiano de la primera tópica, como así también, entender al  planteo estructuralista del complejo de Edipo que aporta Lacan como un instrumento imprescindible para la misma. Esta niña da cuenta sintomáticamente en esta viñeta, de su pasaje del primero al segundo tiempo del Edipo (estando en la estructura edípica). Cabe destacar que muchas veces, el devenir del tratamiento analítico en niños nos sorprende con el advenimiento de logros sistémicos (segunda tópica).

Desde la perspectiva que venimos trabajando,  el tratamiento analítico debe posibilitar un trabajo de elaboración al modo de una escenificación dramática, por simbolización-sustitución. Y como desarrollara Winnicott, es fundamental su traducción (como un entre-decir) en la clínica de niños. Dadas las condiciones señaladas, Romina va otorgando el texto a seguir, y en ese sentido se constituyó fundamentalmente en la paciente en análisis.

El recurso al significante, como propone Lacan, amplía el campo de la palabra y   posibilita tácticamente extender el discurso analítico a otras superficies que las que propone la oralidad. Es desde esta perspectiva, que quedan habilitados: la técnica analítica del juego en niños, los recursos lúdicos y dramáticos con adultos, los recursos expresivos: plásticos, literarios, musicales, etc. de reconocido uso en el trabajo clínico con psicóticos, por ejemplo. Según se entiende desde esta presentación, es en este sentido que se produce la posibilidad de la reescritura de lo psíquico;  la tramitación de lo real, desde la trama imaginaria y con los bordes que le impone lo simbólico.

 A medida que transcurre el tratamiento, la escritura de Romina va tomando cuerpo, se hace cada vez más signo legible para los otros, paulatinamente, ella se relaciona cada vez más con el otro, con sus pares, empieza a tener amigas.

Ya desde Freud podemos encontrar la traza que nos deja en cuanto a las relaciones del psicoanálisis con lo literario y con lo teatral, recurso que han tomado muchos autores psicoanalíticos. Desde distintas corrientes del psicoanálisis, circulan términos como: escena, representación, texto, juego y poesía. Frente a un niño que no habla que no se puede separar de su padre y un dibujo sincrético, con casitas superpuestas,  la propuesta fue ofrecer una apertura de la situación buscando la posibilidad de su representación escenificada (Darstellung) ante lo que se manifestó como un trop-matismo.

 Romina pudo ofrecer una sonrisa cómplice (movimiento en el goce) después de haber compartido con su analista la foto que encontró en la revista y que le daba la posibilidad de expresar el conflicto que la aquejaba (encarnar en su cuerpo el síntoma de la pareja parental). Pudo encontrar en el trabajo analítico  una representación que la aliviaba, por una serie de sustituciones simbólicas: su cuerpo ad-herido (el collage-casitas superpuestas); la interpretación dramatizada de su analista (su hallazgo en la revista: niña a punto de ser devorada por la trompa de un elefante) y otras, que siguieron en su elaboración. El psicoanálisis no responde por  el analizante. Con los significantes en juego y en el decurso metonímico, ella se direcciona en línea de reconocerse como un sujeto deseante. Romina deseó separarse y dejó su tratamiento a poco de haber podido quedarse sola en sesión. Su padre comenzó una actividad profesional independiente de la de su propio padre.

 

 Ana María Garibaldi

 

Bibliografía

-Freud, S. (1916-1917). Conferencia 23. Los caminos de la formación de síntomas. En Obras Completas, Vol. XVI. Buenos Aires: Amorrortu, 1991.

-Lacan, J. (1938) “Los complejos familiares en la formación del individuo”. En Otros Escritos.1° edición. Buenos Aires: Paidós, 2012.

-Lacan, J. (1957-1958) “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”. En Escritos 2. Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2002.

-Lacan, J. (1958), “La dirección de la cura y los principios de su poder”, en Escritos 2. Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 2002.

-Lacan, J. (1958), “La significación del falo”, en Escritos 2. Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 2002.

-Lacan, J. (1956) “El significante en cuanto tal, no significa nada”. En el Seminario III. Argentina: Paidós, 1990.

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-Lacan, J, (1957-1958), Seminario V: Las formaciones del inconsciente. Buenos Aires: Paidós, 2005

-Lacan, J. (1959-1960) Seminario VII (1959/1960). Buenos Aires:Paidós, 2005

-Lacan, J. (1964) “El sujeto y el otro, la alienación”. En el Seminario XI, Argentina: Paidós., 1999

-Lacan, J. (1953,1963), De los nombres del padre. Buenos Aires: Paidós, 2006.

-Lacan, J. (1974-1975) Seminario XXII. RSI. Traducción y Notas Ricardo E. Rodríguez Ponte para circulación interna de la E.F.B.A.

-Lombardi, G. La resistencia como máscara del deseo. Buenos Aires: Puntosur, 1991.

-Lombardi, G. El conocimiento del síntoma y las opciones del final del análisis. Nadie Duerma. Publicación digital de Psicoanálisis. Foro Analítico del Río de la Plata. Año o. Número I.

-Levy Strauss, Claude (1958-1974) Antropología cultural. Buenos Aires, Paidós, 2011.

-Mazzuca, R.  Perversión. Buenos Aires: Berggasse 19 Ediciones., 2004

-Peusner, Pablo, El dispositivo de presencia de padres y parientes en la clínica psicoanalítica lacaniana con niños. Buenos Aires: Letra Viva, 2010.

-Safouan, M. (2001) Lacaniana. Los seminarios de Jacques Lacan 1953-1963”. Buenos Aires:  Paidós., 2008.

-Soler, Colette (2004) Lo que Lacan dice de las mujeres. 1°ed. 1°reimp. Buenos Aires: Paidós, 2007.

-Soler, Colette. Incidencias políticas del psicoanálisis/2. Barcelona: S&P ediciones, 2011.

- Winnicott, Donald (1968) El jugar y la cultura (Conferencia pronunciada ante el Grupo Imago, 12 de marzo de 1968). En Exploraciones psicoanalíticas I. 5ª reimpresión. Buenos Aires: Paidós, 2009.

-Winnicott, D. (1971). Realidad y juego. (1º ed.) Buenos Aires: Gedisa, 1979.

-Winnicott, D. (1971) Psicoanálisis de una Niña pequeña (The piggle). Bueno Aires: Gedisa, 1977.         

 

[1] Ana María Garibaldi es psicoanalista, Miembro del Foro Analítico del Río de La Plata. Docente en el nivel superior y universitario. Ex miembro del Equipo de niños del Servicio de Psicopatología del Hospital Parmenio Piñero.
[2]Evans, Dylan (1996) Diccionario Introductorio de Psicoanálisis Lacaniano. Buenos Aires: Paidós, 2007. PP.82.
[3] El 16 de junio de 1936, Lacan presenta ante el XIV Congreso Psicoanalítico Internacional de Marienbaud por primera vez en una conferencia, su conceptualización sobre el  “estadio del espejo”. Lo haría en la Societé  psychanalytique de Paris (SPP), según Evans, este trabajo nunca se publicó[3]. La primera publicación de Lacan, J. fue con el nombre La Famille. Encyclopedie Francaise, Ed. A. de Monzie, París, 1938.  Una versión reciente es: Lacan, J. (1938) Los complejos familiares en la formación del individuo. En Otros Escritos.1° edición. Buenos Aires: Paidós, 2012.
[4] Lacan, J. (1956-1957) Seminario 4: La relación de objeto. Buenos Aires: Paidós, 1994.
 

 

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