Los Cuerpos del Síntoma

Duelo y toxicomanía

Dominique Kahanoff 1

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“Las Sirenas cantan en una pradera de flores, rodeadas por los restos óseos de hombres consumidos. […] Ulises nunca dijo que el canto de las Sirenas fuera hermoso. Ulises, el único humano que escuchó el canto que hace morir sin morir, dice, para caracterizar el canto de las Sirenas, que ese canto ‘llena el corazón del deseo de escuchar’”.

Pascal Quignard, El odio a la música.

 

El decir de los mitos griegos propone la repetición de una escena que carece de medida fálica, al modo del canto de las Sirenas que provoca en los hombres un irrefrenable deseo de escucharlas, sostenido en la tensión de la imposibilidad de mantener esa escucha condenada a la muerte.

No resulta novedoso decir que la toxicomanía no se define por la cantidad de aquello que se consume sino por la relación al tóxico y la posición del sujeto en ese vínculo. Un vínculo que lleva las trazas de una repetición que presenta un factor gozoso desenganchado de la medida fálica. El sujeto, aún no el analizante, se presenta bajo un efecto similar al de la voz de las Sirenas siendo su cuerpo el campo de batalla.

El presente trabajo traza un recorrido desde el texto metapsicológico de Freud “Duelo y Melancolía” hasta la noción de duelo que articula Lacan en El Seminario 10, La angustia, atravesando El Seminario 6 El deseo y su interpretación, guiado por la hipótesis de pensar que la toxicomanía podría considerarse como una forma, variante de la manía, de hacer frente a un duelo.

Duelo y Melancolía

En su texto “Duelo y melancolía” Freud diferencia el afecto que denomina normal del duelo comparándolo con la melancolía en tanto ésta se caracteriza por un apartamiento de la realidad exterior bajo la lógica de una “…pérdida en la capacidad de amar, la inhibición de toda productividad y una rebaja en el sentimiento de sí” (FREUD, 1915, 242). El duelo, a diferencia de la melancolía, no estaría signado por el trastorno del sentimiento de sí, con los consecuentes autorreproches y autodenigraciones. Lo define del siguiente modo: “…la reacción  frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal” (FREUD, 1915, 241).

En este análisis del duelo, en tanto un afecto que no es –bajo la lógica freudiana- patológico, nos interesa la posición del sujeto. Un sujeto siempre dividido, se juega entre lo constitucional y lo accidental, allí en ese entre ubicamos la elección que hace de él sujeto. Lleva la traza del lenguaje que lo atraviesa constituyéndolo en hablado antes de ser hablante. Y en ese hablado se articula siempre una decisión que tiene como efecto el sujeto, dividido entre ser una “marioneta parlante” (MURARO, 2014) de la alienación al lenguaje, entre significantes, y la dimensión de elección posible, que lo separa y le permite responder por su posición. Responder siguiendo la etimología que parte del ser responsable como aquella respuesta que nada tiene que ver con la intención sino, por el contrario, con aquello que tropieza y habla sin que el yo sea agente de esa palabra; más aun, sin que el sujeto lo sea, en tanto es, de esa palabra, un efecto. En esa separación pensamos que la libertad funcionaría como la posibilidad de asumir aquello que lo ha constituido como deseante (RABINOVICH, 2004, 99) y más aun cierta liberación de esa causa que el sujeto fue para el deseo del Otro.

No nos interesa tanto el sujeto, entonces, sino su posición en aquello que dice. Pero para esto, tiene que poder decir. Allí es necesario pensar las coordenadas de un tratamiento psicoanalítico que abra una brecha para que aparezca la palabra del sujeto sin estar eclipsada por los efectos del tóxico.

Duelo y Toxicomanía

Volvemos al duelo para señalar otro devenir posible, aparte de la melancolía; me refiero a la manía. Desde Freud la pensamos como esa energía no ligada que adquiere un carácter excesivo, una exaltación del humor a diferencia de la inhibición de la melancolía.

Freud plantea un supuesto en donde la manía y la relación al tóxico quedan ubicados, como respuestas al duelo, del mismo lado, nos dirá que “…la borrachera alcohólica […] se la puede entender de idéntico modo (en la medida en que sea alegre); es probable que en ella se cancelen, por vía tóxica, unos gastos de represión” (FREUD, 1915, 251).

La dirección de la cura estará orientada en dirección a la introducción de una palabra distinta a la verborragia maníaca que nada nos dice del discurso del inconsciente y trabaja a favor de la metonimia de objetos sin ningún anclaje. Así, la toxicomanía se orienta en dirección al silencio del sujeto del inconsciente condenándolo a la repetición de lo que no cesa de no inscribirse en tanto se ha producido una ruptura, al decir de Lacan “…la droga como aquello que permite romper. Romper el casamiento del falo con el sujeto” (LACAN, 1975), una ruptura con aquello que permite hacer lazo, el falo.

Pensamos entonces en una palabra que recupere un texto frente al impulso, una mediación en lo inmediato. Reintroduciendo el circuito de lazo al Otro que está deteriorado, en una dirección distinta a la del autoerotismo que plantea el consumo.

Toxicomanía y psicoanálisis

Lacan introduce en El Seminario 6 al duelo como el reverso de la Verwerfung, en tanto rechazo del significante en lo simbólico que deja un agujero en lo real, entonces, el duelo es la movilización del aparato simbólico para llenar un agujero real.

Se tratará, desde el psicoanálisis, de la función de la interpretación que vía lo simbólico, conmueva algo de lo real del sujeto, allí donde goza más allá de los límites de lo placentero, punto que muerde el cuerpo. Donde fracasa el principio de placer freudiano, como lo enuncia en El malestar en la cultura, como siendo un programa de la felicidad.

Decimos que si el sujeto, por ser sujeto, sólo funciona dividido (LACAN, 1967, 73), la función de la interpretación apunta a poner a trabajar esa división en donde se abre la dimensión del deseo más allá del imperativo de goce impuesto por el tóxico. Desde El Seminario 11 Lacan apunta, a través de la función de la interpretación simbólica, a la conmoción de lo real del síntoma:

“El efecto de la interpretación es el surgimiento de un significante irreductible. […] Lo que allí hay es rico y complejo cuando se trata del inconsciente del sujeto, y está destinado a hacer surgir significantes irreductibles, non-sensical, hechos de sin-sentido. […] La interpretación no está abierta en todos los sentidos. No es cualquiera. […] Es esencial que el sujeto vea, más allá de esta significación, a qué significante –sin-sentido, irreductible, traumático- está sujeto como sujeto.” (LACAN, 1962-63, 258).

 

Sabemos que lo real no se toca por la representación entonces un tratamiento desde el psicoanálisis se dirige a dar lugar al sujeto que insiste más allá del manicomio o la cárcel como instrumentos de control de los impulsos. Remarcando que en el caso de las adicciones estos intentos de solución sostenidos en el tiempo redoblan la apuesta del tóxico: se produce una ruptura con el lazo, lo que una vez fue por el tóxico, otra vez es por el encierro.

En la neurosis entendemos que el correlato del goce de la sumisión es un Otro consistente entonces pensamos en la posición activa de aquel que se somete. El adicto, tomando el vocablo latino addictus, designa a los esclavos que supieron ser hombres libres y fueron adjudicados a otros como un modo de saldar deudas que de otro modo resultaban imposibles de pagar. Se cobra la deuda, entonces, apropiándose del trabajo del deudor y del deudor mismo. En latín addictus significa “entregado a otro”, en la misma línea que addicere refiere a “decir a favor de otro”.El lugar del analista no será el del hipnotizador ubicado en posición del Ideal del yo solidario al intento de la neurosis por velar la castración, sino el de soporte del objeto a, poniendo a trabajar la barradura del sujeto en lugar de evitarla. Este objeto que soporta la pérdida de goce y constituye la causa de deseo.

Tuvimos la experiencia y perdimos el sentido.

T. S. Eliot

 

Hacer de la toxicomanía un síntoma, que presenta al sujeto en su división, abriendo la pregunta por su responsabilidad más allá de los límites del yo. El sentido del síntoma es lo real, lo real en tanto se pone en cruz para que las cosas anden, que anden en el sentido de dar cuenta de sí mismas de manera satisfactoria. (LACAN 1975, 84). Volviendo al inicio, diremos que es necesario, entonces, para tratar la toxicomanía, hacer un trabajo sobre el duelo, sea por una persona, por un ideal o por la libertad sosteniendo la apuesta que en ese trabajo se pierda el sentido, que es de lo que se goza, para que se inscriba una marca frente a aquello que se repetía sin escansión.

Dominique Kahanoff

Bibliografía

-Freud, S. (1915), “Duelo y Melancolía”. En Obras Completas, Buenos Aires: Amorrortu Editores, 2003, Vol. XIV.

-Lacan, J.  (1975), Clausura de las Jornadas del Cartel de la AFP, inédito.

-Lacan, J. (1967), Mi enseñanza. Buenos Aires: Paidós, 2007.

-Lacan, J. (1962-63). La angustia. El Seminario. Libro 10. Buenos Aires: Paidós, 2006.

-Lowenstein, A.: Goce, poder y servidumbre, en Revista Seminario Lacaniano, número 13-14, Buenos Aires:  XXX 2000.

-Muraro, V. (2014), “Las palabras impuestas”. En Revista Nadie Duerma #3, Publicación digital de Psicoanálisis del Foro Analítico del Río de La Plata. Disponible en: http://nadieduerma.com.ar/numero/3/13/60/m-rtires-del-inconsciente/las-palabras-impuestas.html

 

[1] Dominique Kahanoff es Psicoanalista. Docente e investigadora en Clínica de Adultos I en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Miembro del FARP y enseñante del Clinical College of Colorado. Doctoranda UBA y Becaria CONICET.

 

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