Los Cuerpos del Síntoma

Un penar estrafalario

Silvana Castro Tolosa 1

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“La identidad que hace pregunta para el sujeto

está fijada por el síntoma, y es justamente

el cuerpo el que todavía habla ahí.”

Los tres cuerpos del hombre - Colette Soler

 

Los pies vendados (纏足, en chino tradicional), también llamados “pies de loto” (縛腳) refieren a una antigua costumbre china que consistía en aplicar un vendaje bien ajustado a los pies de las niñas recién nacidas atrofiando el crecimiento normal de sus extremidades. Esta usanza -cuyo origen se remonta a la Distanía Song (960–1279 d. C.)- dotaba a las pequeñas de un porvenir económico y social bien acaudalado, ya que las mujeres con pies de loto eran consideradas bellas y finas por los hombres de la alta sociedad, ya que se sabía de ellas que nunca habían trabajado, porque el crecimiento interrumpido de sus pies las imposibilitaba para cualquier tarea. Una mujer que nunca había trabajado, era una mujer sana y pura que no había tenido que esforzarse en ninguna labor ya que el vendado de pies provocaba discapacidades motoras de por vida.

No son escasos los interrogantes que se despliegan a raíz de esta arraigada marca en el cuerpo, costumbre que nace en la antigua China y que luego se propagó convirtiéndose en una práctica común de la burguesía. Es llamativo que semejante hábito que comporta el detenimiento de un proceso al que denominaríamos “normal” (el crecimiento de las extremidades) se haya iniciado en el seno de una comunidad de las más laboriosas, gran productora de investigaciones y procesos tecnológicos como lo ha sido a lo largo de la historia: la Dinastía Song. Me interesa resaltar que los mismos sujetos que contribuyeron con sus destacados aportes al desarrollo de la época, paralelamente, interrumpían un proceso natural con un objetivo que podemos leer en dos tiempos: primeramente, lograr “los pies de loto” ya que eran un canon de belleza por aquel entonces... e inclusive –por lo que pude indagar- ¡hasta la actualidad!

Esta apreciación se contradice con la mirada occidental que no dudaría en calificar de horrorosos los resultados obtenidos por dicha práctica, al observar esos pies cuyos dedos han quedado incrustados bajos los talones. Esta práctica lograba una forma puntiaguda y pequeña del pie que se escondía bajo unos preciosos y ornamentales zapatos los cuales hacían aún más llamativa esta condensación. Luego de este primer tiempo de “belleza lograda”, el segundo momento aseguraba el beneficio en términos económicos para un cuerpo mutilado que primero había servido de escenario a semejante operación.

Además, como mencionamos, también está el aspecto de que las mujeres con pies vendados no podían trabajar, o sea que si esta práctica prosperaba, ellas evitarían cualquier esfuerzo de trabajo. Se asumía que las mujeres convertidas en damas gracias al "pie de loto", nunca necesitarían trabajar fuera de la casa, aunque tampoco podrían ocuparse de la crianza de sus hijos ni de cuestiones domésticas.

Los “pies de loto” dotaban de una extraña belleza inmóvil a las mujeres que los exhibían. Eso que se les había impuesto, que comportaba cierta extimidad y que condensaba belleza y espanto en el cuerpo, les profería el “beneficio” de no poder hacer ninguna otra cosa… más que eso.

El cuerpo, escenario para el síntoma

En 1916 Freud se refiere al síntoma como un penar estrafalario (FREUD, 1916-17, 237) y ésta es sólo una de tantas definiciones que podríamos poner a dialogar con la práctica china de los pies vendados. El psicoanálisis esgrime la idea de que el síntoma toma cuerpo, al mismo tiempo que muerde al cuerpo y lo utiliza de escenario para actuar su papel protagónico de penar estrafalario. Este modo de nombrar al síntoma es acuñado por Freud para describir la sintomatología propia de las neurosis obsesivas, sin embargo, podemos extenderlo a los demás tipos clínicos.

 Quizás donde más se advierte esto es en el síntoma histérico, que al mejor estilo Elizabeth Von R, muestra cómo las histéricas podrán doblar sus piernas de una manera muy extravagante… tal como la mujer en la portada de este nuevo número de Nadie Duerma. El cuerpo que el síntoma toma en la histeria solicita la presencia de un órgano, muerde al cuerpo del sujeto en un lugar determinado al que llena de un sentido libidinal, rompiendo los lazos con la anatomía e instaurando allí un nuevo modo de funcionamiento que la medicina no ha sabido explicar.

En la neurosis obsesiva el síntoma se hace un cuerpo menos localizable en lo imaginario, pero de características tan estrafalarias que su contundencia muchas veces deja al sujeto sin poder hacer otra cosa que no sea contribuir con el mantenimiento de ese trastorno en el pensamiento o en la conducta, de esa ceremonia privada en que consiste el ritual obsesivo.

Por su parte, el psicótico es sede de los fenómenos que responden al significante en lo real, excesos de goce que despedazan el cuerpo denunciando una unidad que no hay. Así, quienes nos sumimos a escuchar esos testimonios contemplamos el saber expuesto del sujeto psicótico que no aparece bajo la forma cifrada de un cuerpo en sus síntomas sino que utiliza a todo el cuerpo del sujeto para hacer síntoma en cada una de sus partes. Ese “todo el cuerpo” es puro fragmento, tal cual denunciaba Schreber al describir su proceso de emasculación o tal cual nos enseñan los esquizofrénicos cuando es alguno de sus órganos el que nos habla.

También en la perversión, todo el cuerpo del sujeto se instrumentaliza a servicio del síntoma, más allá de la comunidad de goce a la que responda. El síntoma perverso es en un cuerpo que -al desconocer la castración en el Otro- vehiculiza la restauración del objeto en el campo del Otro. Como lo subraya Tomás Otero en el número 3 de Nadie Duerma, “Mártires del inconsciente”[2] , la perversión no puede sustraerse de su dimensión escénica, a lo que nosotros podríamos agregar entonces que el síntoma perverso necesita de un armado escénico para tomar cuerpo de instrumento del goce del Otro.

A veces, el síntoma hace cuerpo evidenciando más notoriamente sus dotes de extrañeza, mientras que en otras oportunidades, aparece más bien en su versión de padecimiento; pero lo que sí es seguro es que –al modo de la promesa de un futuro afianzado para aquellas mujeres con pies vendados- el síntoma cumple una función en su estructura, conlleva un beneficio. Éste es el gran hallazgo de Freud (uno de ellos), hay allí –en el cuerpo del síntoma- algo que se satisface, aunque lo haga de manera paradójica.

¿Quién es el huésped?

Una de las facetas de esta paradoja que es el síntoma, es expresado por Freud en tanto extraterritorialidad. La idea del tratamiento de “eso” propio como algo ajeno que se confunde en el territorio del sujeto es resaltada  magníficamente por Vanina Muraro, al decir:

“El término huésped procede del latín hospes (genitivo hospitis) y poseía  entonces la misma pareja de significados contradictorios –es lo que los lingüistas llaman un indefinible- ya que puede significar tanto al que alberga como al que es albergado. En español el significante “huésped” también encierra esta ambigüedad ya que puede significar: aquel organismo que alberga a otro en su interior o lo porta sobre sí, ya sea un parásito o un comensal. O bien,  el hospedado y no el hospedador”. (MURARO, 2012, 14).

 

Matías Buttini recuerda en cierta oportunidad[3] un episodio actual que sustenta este aspecto de extraterritorialidad y extranjeridad: se trata de unos pacifistas argentinos apresados en Rusia cuyo procesamiento se vio demorado por la impericia de un juez que no comprendía el idioma español. Cuando el síntoma toma cuerpo es el sujeto quien al no compartir esa lengua, lo desconoce a pesar de estar concernido en él íntimamente.

Tenemos entonces en el cuerpo, un cuerpo que es propio y a la vez extraño, ajeno; al punto tal de que ya no sabemos quién es huésped de quién.

El psicoanálisis vale la pena

Freud ha trabajado intensamente la idea de que los síntomas poseen un sentido y ese sentido se enlaza íntimamente con el vivenciar sexual del enfermo. Recordemos también que Freud mantiene durante toda su obra la tesis de que el inconsciente es sexual, con lo cual podemos emparentar ese sentido oculto del síntoma, con la sexualidad. Afirmamos entonces, que el síntoma tiene un sentido sexual e inconciente. En la conferencia de 1916 llamada “La fijación al Trauma, lo inconsciente”,  Freud revisa los dos ejemplos de neurosis obsesiva que expuso en su conferencia anterior “El sentido de los síntomas” y puntúa que durante las acciones, las pacientes no conocen el nexo que su conducta estrafalaria mantiene con la escena de su vivenciar sexual. Vale decir, no saben por qué lo hacen. Freud dice entonces que es preciso que el enfermo alcance ese nexo durante la cura, fundamento que se encuentra en el corazón de la regla psicoanalítica fundamental.

Lacan resalta durante la conocida intervención que le hace a Albert en París en Junio de 1975 respecto de este asunto, que el síntoma es aquello de lo que el sujeto está menos dispuesto a hablar y es a lo que apuntamos en tanto analistas ya que el síntoma es lo particular.  Va a decir allí también que los analistas le indicamos a nuestros pacientes que hagan un esfuerzo que vale la pena ser hecho para poder dar un paso hacia lo singular, a partir de esa particularidad que es síntoma. En ese punto, en que le requerimos al sujeto que se ponga a trabajar, que haga un esfuerzo, algo de su forma estrafalaria de penar se hará presente y a eso es a lo que Lacan llama “valer la pena”. Digamos pues que el psicoanálisis hace valer la pena; el psicoanálisis hace que la pena valga. 

“La regla quiere decir: vale la pena- “vale la pena” dice muy bien lo que quiere decir, es lo que yo llamé hace un momento: hay que sudar un poco –vale la pena errar a través de toda una serie de particularidades para que (…) algo singular no sea omitido”. (LACAN, 1975).

 

Si hay algo que el sujeto tiene como propio, es el síntoma, aunque no se reconozca en él, su cuerpo sostiene los puntos de fijación que se lo recuerdan a menudo como una denuncia constante. Colette Soler ha compartido con nosotros[4], en esta misma revista, un texto muy valioso que sella con una gran reflexión:

“Hay sin embargo el síntoma, aquí en singular, esto es para cada uno, una modalidad de goce específica, construida, singular, que le es propia, que es lo que tiene de más real y que no viene del Otro del discurso con sus preceptos y sus normas (…) La identidad que hace pregunta para el sujeto está fijada por el síntoma, y es justamente el cuerpo el que todavía habla ahí.”. (SOLER, 2013).

 

El síntoma, una curiosidad del cuerpo

El síntoma -gracias al hallazgo freudiano- aparece como una curiosidad del cuerpo. Una curiosidad extraña, un cuerpo extraño, llamativo…como el de las mujeres de “pies vendados”. En ambos casos el cuerpo denuncia un cifrado, un beneficio, una satisfacción paradójica.

El síntoma es una curiosidad que, así expresada, nos remite también al otro nombre de esta costumbre china de los pies vendados: “pies de loto”. ¿Por qué esta analogía? Tal vez por la flor de loto (símbolo de bendición en Oriente), cuya belleza queda resaltada por su extrañeza y también porque crece en medio de pantanos de difícil acceso, en ámbitos cuya beldad no encaja, no se explica y le confiere un gran trabajo a quienes quieren apreciarla en su singularidad.

 

Silvana Castro Tolosa
 

Bibliografía

-Buttini, M. (2014). “Lo extranjero”. En  Nadie Duerma. Publicación digital del FARP, Nro. 3, “Mártires del inconsciente”. Disponible en: http://nadieduerma.com.ar/numero/3/13/63/m-rtires-del-inconsciente/lo-extranjero.html

-Freud, S. (1893-1895), Estudios sobre la histeria. En Obras Completas, Vol. II, Buenos Aires: Amorrortu, 1991.

-Freud, S. (1916-17). “Conferencia N° 16. Psicoanálisis y psiquiatría”. En Obras Completas, Vol. XVI. Buenos Aires: Amorrortu, 1991.

-Freud, S. (1916-17). “Conferencia N° 17. El sentido de los síntomas”. En Obras Completas, Vol. XVI, Buenos Aires: Amorrortu, 1991.

-Lacan, J. (1957-1958), El Seminario 5. Las Formaciones del Inconsciente, Buenos Aires: Paidós, 2006.

-Lacan, J. (1965), “El Seminario 12. Problemas Cruciales Para el Psicoanálisis”. Inédito.

-Lacan, J. (1975). “Comentario del texto de A. Albert sobre el placer y la regla fundamental”. Inédito.

-Lombardi, G. (2008). “La relación del neurótico obsesivo con su cuerpo”. En Singular, particular, singular. Buenos Aires: JVE ediciones, 2009.

-Muraro, V.  (2013). "El síntoma, una satisfacción al revés". En Revista Aún, nº 6. Buenos Aires: Letra Viva, 2013.

-Otero, T. (2014). “Hoy, las perversiones”. En  Nadie Duerma. Publicación digital del FARP, Nro. 3, “Mártires del inconsciente”. Disponible en: http://nadieduerma.com.ar/numero/3/10/52/los-lunes-del-farp/hoy-las-perversiones.html

-Soler, C. (2013). “Los tres cuerpos del hombre”. En  Nadie Duerma. Publicación digital del FARP, Nro. 2, “Resonancias de la interpretación”. Disponible en: http://nadieduerma.com.ar/numero/2/6/37/los-lunes-del-farp/los-tres-cuerpos-del-hombre.html

 



[1] Silvana Castro Tolosa es psicoanalista, miembro del Foro Analítico del Río de la Plata, docente e investigadora en la cátedra de Clínica de Adultos I de la Facultad de Psicología, UBA y colaboradora enseñante del Colegio Clínico del Río de La Plata. Directora de Nadie Duerma, Revista digital del FARP. Autora de varios artículos sobre Psicoanálisis en diversas publicaciones y co-autora de Variantes de lo tíquico en la era de los traumatismos (Letra Viva, 2014) de reciente aparición.

 

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