Los Cuerpos del Síntoma

Duelo: síntoma, cuerpos, ética

David Vargas Castro 1

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“Mi soledad está hecha de ti.

Lleva tu nombre en su versión de piedra,

en un silencio tenso donde pueden sonar todas las melodías del infierno;

camina junto a mí con tu paso vacío,

y tiene, como tú, esa mirada de mirar que me voy más lejos cada vez,

hasta un fulgor de ayer que se disuelve en lágrimas, en nunca”.

Olga Orozco, No hay puertas

 

Freud, en La transitoriedad, señala que:

 “El duelo por la pérdida de algo que hemos amado o admirado parece al lego tan natural que lo considera obvio. Para el psicólogo, empero, el duelo es un gran enigma, uno de aquellos fenómenos que uno no explica en sí mismos, pero a los cuales reconduce otras cosas oscuras” (FREUD, 1916, 310).

 

Por más enigmático, poco obvio, y carente de explicarse en sí mismo, en Duelo y melancolía, Freud parece obviar lo dicho anteriormente al servirse del duelo para intentar dar cuenta de la melancolía, considerando a este primero como normal frente a la pérdida de un objeto amado, y a este segundo como patológico, adviniendo en algunos pacientes en lugar del duelo. Es en este texto en donde propone considerar  que en el duelo se trata de un trabajo que se desarrolla hasta el momento en el que se consume a sí mismo luego de desligar la libido del objeto perdido, permitiendo al yo quedar nuevamente libre para investir nuevos objetos.

Sin embargo, y en razón de considerarlo Freud como normal, se ha dejado de lado la pregunta sobre el duelo en tanto afecto, así como, tal como lo señalaremos a continuación, su costado sintomático.

Igualmente, advertiremos cómo en el duelo entran en juego, por lo menos, tres cuerpos: el cuerpo del objeto perdido, el cuerpo del supérstite y el cuerpo social.

Interrogarnos por lo sintomático del duelo nos permite pensar la pertinencia y posibilidad de que un análisis, más allá del dolor de la pérdida, permita al analizante advertir su lugar en dicha pérdida, así como su posición ética evidenciada por los afectos concomitantes.

Lo sintomático del duelo

Al leer Duelo y melancolía, y advirtiendo que Freud se sirve del duelo para dilucidar algunos puntos sobre el mecanismo de la melancolía, nos podemos hacer la pregunta: ¿tiene algo de analizable un duelo? Lo que también podemos preguntarnos, considerando como síntoma  “lo que es analizable” (LACAN, 1957-1958, 332): ¿tiene algo de sintomático un duelo? Freud nos menciona una serie de síntomas de aquel que está en duelo:

“El duelo pesaroso, la reacción frente a la pérdida de una persona amada, contiene [como la melancolía] idéntico talante dolido, la pérdida del interés por el mundo exterior –en todo lo que no recuerde al muerto–, la pérdida de la capacidad de escoger algún nuevo objeto de amor –en remplazo, se diría, del llorado–, el extrañamiento respecto de cualquier trabajo productivo que no tenga relación con la memoria del muerto” (FREUD, 1917, 242).

 

Estos síntomas, que responden más a una perspectiva psiquiátrica que analítica, ¿pueden advenir como síntoma analítico? Nos podríamos conformar diciendo que siempre se trata del caso por caso. Sin embargo, Freud parece considerar que en el duelo no se trata más que de dejar pasar el tiempo, esperar a que el duelo se consuma a sí mismo, no existiendo posibilidad de analizarlo ya que no hay nada inconsciente que ataña a la pérdida:

“Este caso podría presentarse aun siendo notoria para el enfermo la pérdida ocasionadora de la melancolía: cuando él sabe a quién perdió, pero no lo que perdió en él. Esto nos llevaría a referir de algún modo la melancolía a una pérdida de objeto sustraída de la conciencia, a diferencia del duelo, en el cual no hay nada inconsciente en lo que atañe a la pérdida” (FREUD, 1917, 243).

 

¿No hay en el duelo nada inconsciente en lo que atañe a la pérdida?

Remitámonos al Manuscrito N. Allí, Freud nos dice lo siguiente:

“Los impulsos hostiles hacia los padres (deseo de que mueran) son, de igual modo, un elemento integrante de la neurosis. Afloran concedentemente como representaciones obsesivas. En la paranoia les corresponde lo más insidioso del delirio de persecución (desconfianza patológica de los gobernantes y monarcas). Estos impulsos son reprimidos en tiempos en que se suscita compasión por los padres: enfermedad, muerte de ellos. Entonces es una exteriorización del duelo hacerse reproches por su muerte (las llamadas melancolías), o castigarse histéricamente, mediante la idea de la retribución, con los mismos estados [de enfermedad] que ellos han tenido. La identificación que así sobreviene no es otra cosa, como se ve, que un modo del pensar, y no vuelve superflua la búsqueda del motivo. Parece como si en los hijos varones este deseo de muerte se volviera contra el padre, y en las hijas contra la madre (FREUD, 1950, 296).

 

El Freud del Manuscrito N no estaría muy de acuerdo con el Freud de Duelo y melancolía, salvo que éste último podría objetar que no hay nada inconsciente en lo que atañe a la pérdida, más no con respecto a lo pulsional en juego. Si seguimos el Manuscrito N, vemos cómo en el duelo se efectúa la represión de los impulsos hostiles que darán lugar a los reproches en la melancolía o los castigos histéricos solidarios de identificaciones.

Freud volverá sobre la identificación en la histeria en Duelo y melancolía para demarcar cómo esta identificación debe ser entendida como señal de amor:

“Tampoco son raras en las neurosis de transferencia identificaciones con el objeto, y aun constituyen un conocido mecanismo de la formación de síntoma, sobre todo en el caso de la histeria. Pero tenemos derecho a diferenciar la identificación narcisista de la histérica porque en la primera se resigna la investidura de objeto, mientras que en la segunda esta persiste y exterioriza un efecto que habitualmente está circunscrito a ciertas acciones e inervaciones singulares. De cualquier modo, también en las neurosis de transferencia la identificación expresa una comunidad que puede significar amor (FREUD, 1917, 248).

 

Acá ya se nos hace patente la relación entre duelo, identificación y síntoma histérico, lo que ya se puede evidenciar en el famoso caso de Isabel de R. de Estudios sobre la histeria.

Freud será más explícito con respecto al duelo y la neurosis obsesiva al decir que por la ambivalencia presente en ella, el duelo puede tener una conformación patológica:

“La pérdida del objeto de amor es una ocasión privilegiada para que campee y salga a la luz la ambivalencia de los vínculos de amor. Y por eso, cuando preexiste la disposición a la neurosis obsesiva, el conflicto de ambivalencia presta al duelo una conformación patológica y lo compele a exteriorizarse en la forma de unos autorreproches, a saber, que uno mismo es culpable de la pérdida del objeto de amor, vale decir, que la quiso” (FREUD, 1917, 248).

 

Vemos anudarse esto con la referencia al Manuscrito N en donde se trataba de reprimir los impulsos hostiles hacia los padres. Sin embargo, veremos cómo los reproches no son privilegio de la neurosis obsesiva, sino de la lectura imaginaria del retorno sobre el sujeto del lugar de castración que sostenía para el Otro.

Retomando la afirmación de Freud con respecto a que no hay nada inconsciente en lo que atañe a la pérdida, podemos decir con Lacan que en el duelo desconocemos, inicialmente, que cumplíamos, para el objeto amado, la función de estar en el lugar de su falta:

“Sólo estamos de duelo por alguien de quien podemos decirnos Yo era su falta. Estamos de duelo por personas a quienes hemos tratado bien o mal y respecto a quienes no sabíamos que cumplíamos la función de estar en el lugar de su falta. Lo que damos en el amor es esencialmente lo que no tenemos, y cuando lo que no tenemos nos vuelve hay, sin duda, regresión y al mismo tiempo revelación de aquello en lo que faltamos a la persona para representar dicha falta” (LACAN, 1962-1963, 155).

 

Poder advertir ser la falta de ese Otro implica franquear la lectura imaginaria de dicha posición, a saber, la que deja al sujeto entrampado en las faltas que tuvo para con el objeto duelado.

En el duelo, lejos de responder a un trabajo que se desarrolla naturalmente hasta su consumación, implica una decisión subjetiva que no es sin la dificultad de no querer abandonar la posición libidinal a pesar de que un nuevo objeto aparezca, así como de soportar el gasto de tiempo y energía que acarrea:

“Para cada uno de los recuerdos y de las situaciones de expectativa que muestran a la libido anudada con el objeto perdido, la realidad pronuncia su veredicto: El objeto ya no existe más; y el yo, preguntado, por así decir, si quiere compartir ese destino, se deja llevar por la suma de satisfacciones narcisistas que le da el estar con vida y desata su ligazón con el objeto aniquilado” (FREUD, 1917, 252).

 

Dar por sentado que el yo preferirá la suma de las satisfacciones narcisistas que compartir el destino del objeto[2] es dejar de lado la decisión subjetiva que todo duelo implica, su estatuto de acto (ALLOUCH, 2006), y por tanto, rechazo a la posición ética del sujeto en cuestión.

Los llamados casos de duelos melancolizados responden a cómo los síntomas permanecen porque dicha decisión subjetiva no ha sido tomada, se mantiene en suspenso. Cuando la realidad sentencia que el objeto no existe más, no es necesario que tenga lugar la “psicosis alucinatoria de deseo”: bien Freud (1924) dice que en la neurosis se puede retirar la investidura de la realidad y mantenerlo en la fantasía, lugar privilegiado del síntoma.

Vemos entonces que en el duelo podemos localizar un costado plausible de ser sintomatizable: las identificaciones que acarrea, los reproches y la suspensión de la decisión concerniente a seguir el destino del objeto o realizar el retiro de la libido pieza por pieza.

Los cuerpos en el duelo

Vimos en el apartado anterior los síntomas del cuerpo del supérstite: talante doliente, pérdida del interés por el mundo, incapacidad de elegir un nuevo objeto amoroso y extrañamiento por el interés de todo lo que no recuerde al muerto. Síntomas que dan cuenta de un momento decisivo en la constitución del deseo por el interrogante dirigido al Otro en ese ¿Puede perderme? que el duelo permite, evidenciando la suspensión de la función del fantasma como respuesta anticipada a la pregunta sobre el deseo del Otro.

Igualmente, advirtamos que frente a la pregunta insistente de Freud con respecto al dolor en el duelo, señala en Inhibición, síntoma y angustia que el dolor corporal presenta las mismas condiciones en la economía libidinal que en situaciones de pérdida de objeto por la “hidráulica” inversamente proporcional entre libido de objeto y libido narcisista[3].

Ahora bien, con respecto al cuerpo del objeto duelado, más allá de los atributos con los cuales el amor suele investir al objeto amado, Lacan es taxativo al considerar que de lo que se trata en el amor, siendo este la “idealización del deseo” (LACAN, 1962-1963, 207), es del deseo con respecto al cuerpo del Otro:

“Esa parte corporal[4] de nosotros mismos es, esencialmente y por su función, parcial. Conviene recordar que es cuerpo, y que nosotros somos objetales, lo cual significa que sólo somos objetos del deseo en cuanto cuerpos. Punto esencial a recordar, puesto que uno de los campos creadores de la negación es apelar a algo distinto, a algún sustituto. El deseo sigue siendo en último término deseo del cuerpo, deseo del cuerpo del Otro, y únicamente deseo de su cuerpo.

Ciertamente decimos –Es tu corazón lo que quiero y nada más. Con esto, se pretende designar no sé qué de espiritual, la esencia de tu ser, o bien tu amor. Pero aquí el lenguaje traiciona, como siempre, la verdad” (LACAN, 1962-1963, 233).

 

Esta referencia nos muestra los límites de la sustitución que Freud plantea como posible al final del duelo, ya que eso que queda del cuerpo del objeto amado (una voz, una mirada…) es insustituible, es residuo como lo es el objeto a en la relación entre el sujeto y el Otro.

Igualmente, tenemos la presencia del cuerpo social, que tendrá un lugar determinante en el duelo. Si bien más explícito en Lacan que en Freud, en varias ocasiones señalarán cómo se trata de todo el movimiento de lo simbólico para soportar tal pérdida, y hasta definir el destino del supérstite.

En Freud podemos encontrarlo vía la sentencia que la realidad realiza al supérstite sobre la pérdida del objeto amado, así como las numerosas referencias que da en Tótem y tabú sobre los movimientos de las comunidades primitivas en torno a las ceremonias de duelo y creencias sobre los difuntos.

En Lacan encontramos la referencia a la función del cuerpo social en el duelo, especialmente ligadas a las nefastas consecuencias del rechazo de dicha función.

En el seminario El deseo y su interpretación, en el que dedica gran parte a la tragedia de Shakespeare, Hamlet, señala que toda la tragedia tiene lugar gracias a la madre de Hamlet y su posición subjetiva que puede leerse como “yo no conozco el duelo”. Será gracias a esto que Hamlet procrastinará el acto hasta que lo consuma en el instante mismo en que marque su muerte. El suicidio de Ofelia, posterior al asesinato de su padre, será también consecuencia de “un duelo no satisfecho”.

En el marco de esta tragedia, Lacan señala:

"El carácter macrocósmico de los ritos funerarios, a saber el hecho de que en efecto no hay nada que pueda colmar de significante ese agujero en lo real, sino es la totalidad del significante, el trabajo se efectúa al nivel del Logos –digo esto por no decir del grupo de la comunidad (es evidente que es el grupo y la comunidad en tanto que culturalmente organizados quieren son los soportes) el trabajo del duelo se presenta primero como una satisfacción dada a los elementos significantes para hacer frente al agujero creado en la existencia, por la puesta en juego total de todo el sistema significante alrededor del mínimo duelo". (LACAN, Clase del 22 de Abril de 1959).

 

Con respecto al desenlace de la tragedia de Sófocles, Antígona, leemos en el seminario La ética del psicoanálisis:

“Sin duda, las cosas hubieran podido tener un término si el cuerpo social hubiese querido perdonar, olvidar y cubrir todo esto con los mismos honores funerarios. En la medida en que la comunidad se rehúsa a ello, Antígona debe hacer el sacrificio de su ser para el mantenimiento de ese ser esencial que es la Até familiar –motivo, eje verdadero, alrededor del cual gira toda esta tragedia” (LACAN, 1959-1960, 339).

 

Deseo del analista y piedad

Que los afectos deban ser verificados es una indicación que es posible de extraer del texto La represión, cuando Freud señala que los afectos no se reprimen, sino que se desplazan o son destinados al plano corporal, siendo la angustia señal de la libido sin ligarse a alguna representación. No es de extrañar entonces que Lacan (1962-1963) exprese que la angustia es el único afecto que no engaña.

El duelo, en tanto afecto, no escapa a la necesidad de dicha verificación, por más que parezca justificada, es decir, comprendida por parte del analista[5]. Hacerlo no sólo lleva a los extravíos que toda comprensión acarrea (tomar al otro como semejante)[6], sino que impide captar el costado sintomático, y por tanto, posible de ser analizado del duelo.

Es en este punto en donde me parece pertinente la articulación que realiza Soler (2013) sobre  la piedad, al considerar que este afecto recíproco y transitivo da cuenta de un retroceso ante lo real del semejante, estando ligada al registro especular:

“en la piedad, la participación en los dolores del otro siempre está correlacionada con los temores que el sujeto se sabe capaz de experimentar por sí mismo. En la medida en que el análisis conduce un deseo de saber, empuja hacia un más allá […] de la piedad” (SOLER, 2013, 69).

 

La autora señala igualmente que este más allá de la piedad es determinante en cuanto a la diferencia entre el deseo del analista y el deseo del terapeuta: “Es notable que muchos de los terapeutas de la palabra se autorizan en su buen corazón y en el cuidado exclusivo que dicen aportar para reducir los sufrimientos de sus pacientes, mientras que el análisis empuja hacia el deseo de saber” (SOLER, 2013, 69).

Ya señalaba Lacan que el deseo del analista apuntaba a la diferencia absoluta entre el Ideal y el objeto a. No es de extrañar entonces que Freud indique que el duelo es por algo que amamos o admiramos, así como Lacan advierta sobre cómo el amor era la idealización del deseo.

Será entonces yendo más allá de la piedad, deseo del analista mediante, interrogando el dolor como guarida y dignidad en el neurótico, que un análisis puede ser provechoso para un sujeto en duelo, advirtiendo más allá de los velos del narcisismo, su lugar en tanto objeto a:

“El objeto a es lo que todos ustedes son, en tanto están puestos ahí – cada uno el aborto de lo que fue, para quienes le engendraron, causa del deseo. Y ahí es donde ustedes deben reconocerse, el psicoanálisis se lo enseña” (LACAN, 1969-1970, 192).

 
David Vargas Castro

 

 

Bibliografía

-Allouch, J. Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca. Buenos Aires: Cuenco de plata, 2006.

-Freud, S. (1893-1895). “Estudios sobre la histeria”. En Obras Completas, Vol. II. Buenos Aires: Amorrortu, 2003.

-Freud, S. (1909). “A propósito de un caso de neurosis obsesiva”. En Obras Completas, Vol, X. Buenos Aires: Amorrortu, 2003.

-Freud, S. (1913). “Tótem y tabú”. En Obras Completas, Vol. XIII. Buenos Aires: Amorrort, 2003.

-Freud, S. (1915). “La represión”. En Obras Completas, Vol. XIV. Buenos Aires: Amorrortu, 2003.

-Freud, S. (1916). “La transitoriedad”. En Obras Completas, Vol. XIV. Buenos Aires: Amorrortu, 2003.

-Freud, S. (1917). “Duelo y melancolía”. En Obras Completas, Vol. XIV. Buenos Aires: Amorrortu, 2003.

-Freud, S. (1924). “La pérdida de realidad en la neurosis y la psicosis”. En Obras Completas, Vol., XIX, Buenos Aires: Amorrortu, 2003.

-Freud, S. (1926). “Inhibición, síntoma y angustia”. En Obras Completas, Vol. XX. Buenos Aires: Amorrortu, 2003.

-Freud, S. (1950). “Fragmentos de la correspondencia con Fliess”. En Obras completas, Vol. I. Buenos Aires: Amorrortu, 2003.

-Lacan, J. (1957 - 1958). El Seminario 5. Las Formaciones del inconsciente. Buenos Aires: Paidós, 2007.

-Lacan, J. (1958 - 1959), “El Seminario 6. El deseo y su interpretación”. Inédito.

-Lacan, J. (1959-1960). El Seminario 7. La ética del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós, 2009.

-Lacan, J. (1962 - 1963). El Seminario 10. La angustia. Buenos Aires: Paidós 2006.

-Lacan, J. (1964). El Seminario 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Buenos Aires: Paidós, 2001.

-Lacan, J. (1969-1970). El Seminario 17, El reverso del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós, 2009.

-Lacan, J. (1960), “Posición del inconsciente”. En Escritos 2. Buenos Aires: Siglo XXI, 2008.

-Nasio, J. El libro del dolor y del amor. Buenos Aires: Gedisa, 1998.

-Soler, C. El fin y las finalidades del análisis. Buenos Aires: Letra Viva, 2013.



[1] David Vargas Castro es psicoanalista, miembro del Foro Analítico del Río de La Plata, estudiante de la maestría en psicoanálisis de la Universidad de Buenos Aires. Autor del libro “Transferencia y posición del analista en Freud, Klein y Lacan” de Editorial Española, así como de varios artículos a propósito del duelo y el suicidio.
[2] No sólo el duelo y la feminidad resultaban un enigma para Freud: también lo era el suicidio.
[3] De esto se sirve Nasio (1998) para mostrar la similitud entre el dolor en el duelo, cuerpo y el síndrome del miembro fantasma.
[4] Habla del objeto a.
[5] El caso del “Hombre de las ratas “es un ejemplo freudiano de la necesidad de dicha verificación.
[6] En varias ocasiones en la enseñanza de Lacan éste advierte al analista de que no debe comprender.

 

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